domingo, noviembre 22, 2009

E L L O S

Encontré una pequeña caja de cartón arrumbada, ahí en el fondo del armario, estaba cubierta con pelusa del tiempo y polvo de recuerdos. Como soy curiosa, la tomé entre mis manos, me senté en el piso de parquet y sople sobre la tapa de cartón blanco antes de abrirla y descubrir su contenido.

¡Vaya sorpresa! En el interior trozos de tiempo atrapados en papel: fotos en blanco y negro, atemporales, listas para ser iluminadas con la imaginación, imágenes de todo tamaño: paisajes, bosques, lagos, casas, muchachos, muchachas, lugares que no conozco o no logro reconocer; sin embargo, cada estampa narra una historia armada con memorias mías, herencia de las largas charlas con los abuelos.

- ¿cuantos años tendrán estas fotografías? ¿Cincuenta años, quizás?

Pero basta mirarlas para notar lo bien conservadas que están, fueron puestas a salvo en su cofre de cartón y custodiadas por el cariño y amor de quien las colocó ahí, estoy segura.

Pasaba de una a otra postal, cuando encontré esa foto que me emocionó profundamente.

Él, tan guapo, “montado” en una barda, con las piernas colgando a cada lado, y esa sonrisa que los años hicieron aún más dulce.

Ella de pie a su lado, con un lindo vestido de flores, zapatos de tacón, recargada sobre la pierna de él, pero al mismo tiempo enganchada a su brazo, lo miraba... con esa mirada ¡enamorada!

- ¡qué jóvenes los dos!

No podría decir cuanto tiempo estuve viéndolos. No sé por cuanto tiempo pinté de verde los pinos, de ocre la tierra y caqui su camisa, de ella el vestido azul marino con flores blancas y sus labios de carmín.

¡Qué fascinación tan grande!

No pude, ya no pude dejar de verlos, tomé ese retrato para tenerlo a la mano, siempre cerca.

Devolví el resto de las fotografías, incluso las que ya no vi, a su caja.

- ¡Voy a comprarles un marco! ¿por qué no tengo un hermoso Petrof de cola para colocar su retrato sobre él y a un lado un jarrón que tenga siempre flores frescas?

¡Ay, pero que cosas tan tontas se me ocurren! Mira que pensar en un instrumento musical tan maravilloso sólo para poner un retrato encima. No pude evitar reír por dentro.

Lo mejor que atiné hacer fue buscar un libro, el primero que estuviera a la orilla de mi repisa, para colocar ahí la fotografía y protegerla, mientras me daba a la tarea de buscar un marco donde pudiera habitar ese instante mágico congelado por una cámara.

"Un viejo que leía novelas de amor", decía el título, - ¡Esto tiene que ser más que una coincidencia! - sonreí, me pareció casi adecuado.

Coloqué la foto entre las páginas 56 y 57 y puse el libro nuevamente en su lugar.

Esto que te cuento, sucedió hace varias semanas.

Pero la noche de anoche, sucedió algo; tomé el libro y lo abrí justo donde se separaban las hojas y… no vas a creer lo que vi.

La foto mostraba la barda, el patio, los frágiles pinos, todo en grises y el cielo sin azul, pero él y ella... ¡no estaban ahí!

Cerré el libro, asustada…

- No, es que no puede ser.

Apreté el libro contra mi pecho y caminé nerviosa hacia el pasillo, luego de regreso al estudio y otra vez al pasillo. Di varias vueltas, regresé, dejé el libro sobre el escritorio y busqué la cajetilla de cigarros, encendí uno y aspiré bien profundo. Me dejé caer sobre el sillón, volví a aspirar el humo y dejé el cigarro reposando sobre el cenicero. Con la mano derecha me cubrí los ojos, mi corazón latía muy fuerte.

Pasaron muchos minutos hasta que me sentí más tranquila. Encendí otro cigarro, por que el anterior se consumió completo. Me estiré para alcanzar a “Un viejo que leía novelas de amor” y volví a abrir el libro… Ellos aún no aparecían.

Creo que, como dos enamorados, él le ofreció su brazo y la invito a pasear por la selva de ese libro, entre encendidos colores, pájaros en libertad, naturaleza viva bajo un techo de nubes blancas y un cielo inmenso, celeste. ¡Es probable que hasta se hayan quitado los zapatos para sentir la hierba fresca bajo sus pies!

La verdad es que no he querido asomarme otra vez, seguro todavía les quedan muchas palabras por decirse entre esas páginas. La foto de la barda, los pinos y la puerta de madera todavía está entre la 56 y la 57, ahí voy a dejarla, con la esperanza de que encuentren el camino de regreso cuando ellos terminen su paseo.

"FIN"
MPain - Octubre 2009

5 comentarios:

yeyo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=9NdlGjkZ_6I

«Si el rastreo es demasiado fácil y te hace sentir confiado, quiere decir que el tigrillo te está mirando la nuca», dicen los shuar, y es cierto.

B y pequeños A.

Sergio.

Reyes. (Yo, siempre yo) dijo...

No sé si seguirás metiéndote en este blog pero lo he descubierto ahora y me he quedado fascinada con tu historia... ¡¡De verdad que me ha encantado!! Sé que no me conoces, así que tampoco tienes la obligación de contestarme.


Un saludo.

Marie Pain dijo...

Yeyo...

Siempre siempre es un gusto encontrarte, en las letras, en algùn libro, en una canciòn... o dando vueltas en el café de la mañana ,-)

Besos!


Reyes :)
qué gentil por tu visita! y por dejar tu comentario. Hace tiempo ya que no he subido cosas al blog... quizás vaya siendo tiempo de hacerlo. Hace un par de años, tuve una compañera en Tai Chi que se llama como tú :)
Un abrazo

Anónimo dijo...

Bueno hola me encanto, estaba buscando una imagen y caí acá, Soy Gustavo de Argentina "Papá Vraki" y ya lo guardé en favoritos para regresar porque es simplemente muy agradable leerte, me hace sentir bien, gracias

Gabriel Jiménez dijo...

con la mirada puesta en la vorágine, la alimentamos... ¿Qué sigueeeee? Saludos. Atentamente. Gabriel @quietoveneno